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ABC, Venecia Bienal 2005 (10/06/05)

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ABC.es

ALMUDENA GUZMÁN

VENECIA. Dos intensos días pateando esta microciudad entre los canales dan pistas para sacar conclusiones de los derroteros por los que va el arte actual. La primera es que el vídeo es el rey absoluto. Los hay en todos los soportes: sobre la tradicional pantalla, proyectados en el suelo, en una pared de ladrillo e incluso en un puñado de calcetines, o encerrados en unas cajas de cartón. La performance ha resurgido con fuerza como lenguaje artístico, con propuestas variopintas (como invitar al visitante a tenderse en un lecho y fingir su propio funeral).

Atracciones de feria

Todo lo contrario que la fotografía. En los últimos años no había feria, bienal o exposición internacional en la que no apabullase con su presencia. Pero encontrarla este año en Venecia es una misión casi imposible. En cuanto a la pintura, nada de sentenciar su muerte, como se empeñan algunos. María Corral apuesta fuerte por ella y reúne telas de Bacon, Tàpies, Philip Guston, Hernández Pijoan, Juan Uslé, Matthias Weischer, Marlene Dumas, Bernard Frize, Gabriel Orozco... El pabellón norteamericano (aburrido como pocos) también se decanta por la pintura, de la mano de Ed Ruscha.

Otra de las conclusiones es que el parque temático en que se ha convertido esta Bienal lo sigue siendo cada año más. Uno entra a los pabellones como si lo hiciera en una atracción de feria. Al cruzar las puertas del de Alemania, vemos atónitos que los vigilantes de sala gritan y bailan como posesos. Corean los nombres de los artistas representados (Tino Sehgal y Thomas Scheibitz) y añaden: «Esto es contemporáneo». En el pabellón de Checoslovaquia (aún continúa así, ajeno a la separación de Chequia y Eslovaquia) hay que sortear miles de canicas en el suelo. Para entrar en la «nave espacial» de relax de Moriko Mori, unos señores de blanco te colocan electrodos en la cara antes de subir. Como en Port Aventura, vamos. Y, como gran atracción turística, el pabellón británico, uno de los más concurridos. Gilbert & George, más que artistas son «showmen»: con sus impecables trajes de chaqueta grises y sus pintas de oficinistas, firmaban catálogos a diestro y siniestro. Las 25 obras que exponen de su serie «Ginkgo», basada en el doble, no acaban de cuajar. Son ellos más rotundos como personajes que rotunda su obra. Quien sí emociona es Annette Messager en el pabellón francés (que por cierto cambia la palabra Francia por Casino), con una sugerente obra basada en el cuento de Pinocho. El pabellón de Bélgica es un original laboratorio de ideas; el de China, que se estrena este año, no pasará a la historia.

La Guerrilla Girls

Rosa Martínez logra sacar partido al complicado Arsenale con un estupendo montaje, en el que deja a las piezas que respiren. No faltan los proyectos reivindicativos y combativos. La Guerrilla Girls se burla del machismo con divertidos carteles: «¿Las mujeres tendrían que estar desnudas para entrar en el MET? El 3 por ciento de los artistas del MOMA son mujeres, pero el 83 por ciento de los desnudos son femeninos». Paloma Varga Weisz denuncia las torturas con un dramático patíbulo; como Regina José Galindo con las injusticias en unos vídeo-performances de una crudeza brutal. En otra zona, la comisaria española ha logrado evocar ambientes con una gran magia: desde la explosión pop con plumas, lentejuelas y plataformas en el espacio dedicado a Leigh Bowery (diseñador, performer en clubes de Londres y modelo preferido de Lucian Freud) a la espiritualidad del proyecto de María Teresa Hincapié de Zuluaga.

El planteamiento de María Corral es distinto. Ha apostado por nombres consagrados (expuestos en salas monográficas, todo lo contrario al esquema que quieren imponer en el Reina Sofía), junto a otros más jóvenes. Habrá quien considere su propuesta poco arriesgada, aunque tiene riesgo exponer a Maider López y Bacon tan cerca. Pero es de justicia subrayar que la comisaria crea igualmente espacios muy especiales (como la sala de Kentridge) y que su proyecto tiene gran solidez.